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21 de diciembre de 2012

Fin del mundo: Rechazo

- Bienvenidos al fin del mundo, pueden sentarse en las primeras filas, que hay muchos asientos libres. Sobre todo los señores con bigote que acaban de llegar a la sala. Sí, ustedes, los que van con las manos en los bolsillos y hombros caídos. No lo asuman tan rápido, aún hay que charlar sobre ello.

»Este es el fin del mundo. Se parece bastante a un día normal y corriente, pero se sale de la nota habitual por ser el último. Hemos estado esperando 61 días la llegada de este 21 de diciembre y, tanto es así, que ya pensábamos que no llegaría, pero bueno. Es cierto que algo sí que nos ha defraudado, pero a última hora ha fallado la organización. Hubiera sido interesante el poder contar con un par de bandas que amenizaran el acto de fin del mundo. Ayer mismo pensamos en llamar a Tom Araya para que se pasara por aquí a decir unas palabras (o cantarlas), pero lo fuimos dejando con eso de que era el fin del mundo, y no merecía mucho la pena pagarle el hospedaje.

- Ahora viene lo más complicado: seguir adelante -uno de los de la primera fila, qué impertinencia.

- ¿Cómo vamos a seguir hacia delante con lo que nos ha costado llegar hasta aquí, señor con bigote? Qué menos que detenernos a disfrutar del fin del mundo. Nos tomamos unos refrigerios en nombre de quien nosotros queramos. Venga, vamos a tomar unos pintxos antes de que la cosa se resquebraje del todo, y se nos meta una astilla entre alguna uña.

»Lo mejor es relajarse y darse una vuelta por Twitter para ver qué chascarrillos tienen para nosotros esos desocupados usuarios. ¡Desocupados! Ni que eso fuera, después de estos dos meses, una novedad. Nuestros colegas han visto más tarjetas rojas que los cuatros del Madrid de los últimos treinta años.

- No entiendo muy bien su humor.

- Porque usted es un señor con bigote, y evocar la formalidad y la rebeldía con una pequeña parcelita de bello sobre su labio inferior no da lugar a la escritura al servicio del espectáculo. ¡Es el fin del mundo! Mírelo por el lado bueno: se acabó la sensación de seguir al resto, o ir a contracorriente. Si vamos a acabar todos en el mismo sitio, ¿qué más dará si lo aceptamos o lo rechazamos?

- Pero esto del fin del mundo ha sido todo un simulacro. Nos hemos puesto de acuerdo en señalar una fecha como el final de algo, pero no ha pasado nada. Otra página más del anecdotario humano. Y no van pocas.

- Eso desde luego, pocas no van. No sé quién las va a escribir, si casi todos estamos aquí esperando el fin del mundo. Pero si ha sido un simulacro, usted lo ha hecho muy bien. Yo me lo he creído. Cuanto más cerca estaba el fin del mundo, más confiaba en que no se equivocaran.

»Imagínese si usted hubiera comenzado una cuenta atrás, y hubiese aceptado. Que el fin del mundo fuera culpa suya. ¿Con qué cara hubiera venido a esta reunión?

- De hecho, yo empecé una cuenta atrás. Pero lo repito, era un simulacro.

- ¡Claro! ¿Y me dirá que no tiene consecuencias? Va por ahí, cada día anunciando a bombo y platillo qué pasa cada día que falta para el fin del mundo. Llega el momento de prepararnos para cerrar el telón, y nos dice que era un simulacro, que el drama continúe, que lo aceptemos, y sigamos.

»Es como si yo le digo ahora que su simulacro no es tal. Que su cuenta atrás, señor con bigote, llegó a oídos de alguno al que le pareciera bien el 21 de diciembre para acabar con todo. Algún malpensado podría concebir que, puesto que va a ser el último, dejar el listón bien alto, y quedarse como el mejor en lo que hace. Otro, peor pensado aún, decidiría venir con los hombros caídos, dejarse llevar, y aceptar que, para lo que le queda, ni compite. Regalamos lo que nos queda. No lo vamos a disfrutar.

- Pero todo eso no es así. Todo sigue como siempre, no ha pasado nada. Podría... pero no ha sido así. Lo peor es que cada día somos más estúpidos.

- Entonces sí que ha pasado. ¿Lo entiende? No era una cuenta atrás al fin del mundo, era una cuenta atrás para el conocimiento de la tontería humana. Somos ceporros, porque no nos movemos, ardemos, y le damos calor a todo aquel que se quiera acercar a disfrutar de la lumbre. ¿Ve lo que le digo, señor con bigote? Usted, como yo, se comerá doce uvas dentro de diez días, y antes de eso, habrá tragado más sandeces que en estos 61 anteriores, centrales lecheras, movimientos mamadores, 'yihadistas' y falsos susceptibles incluidos.

»Venga, no todo va a ser malo. Tómese una tapa de pan con queso, y menee ese bigote del que tanto presume. Le sorprendería cuántos de los que estamos aquí nos dejaríamos uno igual si no hubiésemos elegido mostrar otra imagen.

»Cuídese, nos vemos en el próximo fin del mundo. O antes, según se tercie.

Este post es una respuesta a Manu Mañero y sus "rumbo al fin del mundo" de su blog.

26 de junio de 2012

El sueño de Kaká

Dijo el representante de Kaká el otro día en la prensa que el sueño del brasileño era poder jugar en la MLS, esto es, la Major League Soccer, la liga de fútbol de Estados Unidos. Y digo yo que algunos sueños son más disparatados y caprichosos que otros.


Hagamos un poco de memoria. Vayamos diez años atrás, cuando nuestro protagonista tenía apenas 20 años. Un chaval recién salido de la cantera del Sao Paulo brasileño acababa de completar su primera temporada como futbolista profesional en el club de su vida, en el que se formó como futbolista, quizá no tanto como persona. El sueño de aquel jovencísimo Ricardo era el de dedicarse a jugar al fútbol, como el de todos los jóvenes veinteañeros de su país.

Ricardo no tuvo una infancia dura como la de otras grandes estrellas, y no podrá escribir una autobiografía en la que cuente cómo forjó su estilo de juego en la calle, entre la pobreza de un barrio cuyas casas se venían abajo. Es la historia que cualquier locutor de radio inspirado relata cada vez que un joven sudamericano llega a la Liga española con ganas de triunfar, con el ánimo de convertirse en millonario gracias a la práctica de lo que en su país es prácticamente una religión, un estilo de vida.

Los valores del fútbol son los que inspiran la vida de los jóvenes brasileños. La alegría de la posesión del balón, la libertad dentro del terreno de juego, como una representación del libre albedrío del que gozan los humanos. La despreocupación cuando el preciado tesoro del balón cae en manos del contrario, ante la esperanza de que la suerte te sonría en la siguiente jugada. Esa filosofía que choca de lleno con la de otras culturas, incluso con otras culturas futbolísticas, mucho más egoístas, con menos libertad de actuación y movimientos. Los brasileños están hechos de otra pasta porque así son educados, y el sueño de todos es poder representar a la Canarinha.

El bueno de Ricardo no era así. Hace diez años, un prometedor Kaká, apodado O Príncipe por los aficionados del Sao Paulo y la prensa brasileña, se encontraba en el banquillo de la selección nacional de su país contemplando cómo Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho o Roberto Carlos, capitaneados desde la banda derecha por Cafú, alzaban por quinta vez la Copa del Mundo. Kaká cumplía el sueño casi antes de planteárselo.


Kaká compartió vestuario con los jugadores que seguían al pie de la letra esa filosofía de libertad y diversión brasileña que se traduce en el fútbol. Aún era otra de las eternas promesas que cada verano saltan a las primeras planas de los periódicos. Pero Kaká no se jugó la vida en las calles de ningún barrio pobre, sino que se cuidó y vivió apaciblemente en la casa de sus padres, gente con mucho dinero, que le educó de forma distinta. Frente a la diversión del fútbol, la locura de la filigrana artística, Kaká vio cómo otra de las vigas de la sociedad brasileña era la que sostenía su temperamento templado: la religión. Visto lo visto, podría haber sido el Carnaval, como ocurrió con O Fenómeno, pero ya es muy tarde para rectificar, amigo Ricardo.

Cuentan que Florentino Pérez tuvo a Kaká en su mano el verano de 2003 por una cantidad irrisoria (sobre todo si la comparamos con los 65 millones de euros que pagó por él en 2009). El joven brasileño, prometedor goleador y líder de su equipo con tan solo 21 años, no fue del agrado del máximo mandatario merengue, quien ese año andaba pendiente del fichaje de relumbrón de David Beckham y la jugada bajo mesa del fallido intento de atar a Ronaldinho para la siguiente temporada. Ronaldinho acabó en el Barcelona. Beckham nunca triunfó en el Real Madrid. La temporada 2003/04 será recordada como la gran debacle de "los Galácticos", y la crisis institucional del club con la marcha de su presidente. ¿Kaká? En Milán no dudaron de su fichaje.


Habíamos dejado los sueños de Kaká aparcados, y es menester que los retomemos. Kaká casi no había tenido tiempo de llegar a sumirse en los brazos de Morfeo, y ya era campeón del mundo con su país, pero sí que tenía el sueño de los títulos con su club, los cuales no llegaron nunca. Su representante, un experto en la caza de contratos, logró llevar al media punta a Italia, donde se confirmaría su salto definitivo a Europa. Sueño cumplido: jugar en un importante club europeo. Otro sueño que todo brasileño desea cumplir, y el más sencillo si sabes dejar operar al agente adecuado, y tampoco te excedes en tus pretensiones de destino, ni eres tacaño a la hora de darle sus honorarios al hombre que te ha conseguido el pasaporte para "el viejo continente".

En Milán, Kaká se hizo un ídolo mundial. Los supuestos entendidos de fútbol internacional alzaron su voz para afirmar que él era "el menos brasileño de todos los brasileños", apelando a la disciplina, a la imagen de buen chico que esgrimía, al buen cartel que tiene en Italia la fidelidad a la religión y, sobre todo, a que en el campo se convirtió rápidamente en la estrella de todos los aficionados rossoneri.

Kaká soñaba cada noche, y a la mañana siguiente se levantaba con su sueño cumplido. Llegaron los títulos para el Milan, el reconocimiento mundial, la vida glamurosa (un peldaño, o varios, más alta que la que conoció en su tierna juventud en Brasil), más dinero... ¿Qué puede soñar un jugador que lo tiene todo? En 2007, Kaká lograba añadir a su palmarés el máximo título europeo de clubes, la Champions League, y esa maravillosa temporada le sirvió para lograr los dos galardones que le distinguían como el mejor jugador de fútbol del mundo: Mejor Jugador del Año de la FIFA y el Balón de Oro. 25 años, y estaba en la cumbre.


Il Bambino d'Oro, como se le conocería desde que la vitrina de su casa luciera el Balón de Oro, "el menos brasileño de los brasileños", lo tenía todo. Nadie podía afirmar dónde estaría el techo de un jugador que había conseguido adaptar su elegancia en la zancada, su magnífico disparo, la técnica depurada de alta escuela y la capacidad de liderazgo a una competición como es el Calcio. Kaká era el ojito derecho de Berlusconi, propietario del club. Pero el Balón de Oro brilla mucho, más que el propio jugador, y Kaká dejó de ser Kaká para ser "el Balón de Oro de 2007".

Media Europa empezó a suspirar por tener un Kaká en su equipo, y muchos clubes intentaron inventarse un "segundo delantero", un "falso extremo", un "interior con gol" que se asemejara a la fórmula campeona del Milan de 2007. En medio de todo esto, apareció la figura de Ramón Calerón, candidato a la presidencia del Real Madrid que aseguraba que Kaká jugaría en el club blanco junto a Cesc y Robben. Todos sabemos cómo acabó aquel despropósito de presidente trasnochado, y no hace falta que nos detengamos en ello.


Pero la caída de Calderón trajo consigo el regreso del otrora llamado Ser Superior, por una de sus manos derechas. Florentino llegó a la presidencia, y en un ardid de números, cuentas, bancos, préstamos y negociaciones, Kaká acabó abandonando su vida como gran ídolo en Italia para probar suerte en España. Aún recuerdo cómo meses antes del fichaje de Kaká por el Madrid, el astro brasileño tuvo que salir a la ventana de su casa a tranquilizar a los aficionados milanistas sobre su marcha al Manchester City, pero sospechosamente, nadie lloró su fichaje por uno de los grandes rivales europeos como.

El rosario de lesiones de 2008 se repitió en 2009, y en 2010, y en 2011, y también en 2012. Si hace tres o cuatro años el aficionado merengue se preguntaba una y mil veces "¿Cuándo viene Kaká?", esa cuestión pasó a convertirse en "¿Cómo está Kaká?" o "¿Cuándo juega Kaká?". El brasileño ha conocido a la perfección la enfermería del club, y el gimnasio. Otro que se conoció el gimnasio de su equipo como la palma de su mano fue Ronaldinho, quien yo diría que ha sido "el más brasileño de los brasileños".

Ronaldinho y Kaká dieron muestras evidentes de dejadez en su físico, decepcionaron al aficionado que no mucho tiempo antes cantaba y jaleaba cada gol y jugada que protagonizaba su ídolo. En mayor o menor grado, los dos han protagonizado el enésimo batacazo de la filosofía brasileña en el fútbol europeo. El joven talentoso, prometedor y capaz de marcar las diferencias que se deja llevar cuando ha tocado el cielo. A lo mejor entre "el más brasileño" y "el menos brasileño" no hay tanta diferencia, a lo mejor solo el camino, pero no el destino. Eso sí, los sueños cumplidos ahí quedan.

Dicen que Kaká sueña con jugar en Estados Unidos, aunque podría hacerlo en Francia, o incluso regresar a Brasil. Mientras espera a que se cumplan sus sueños, sigue grabando anuncios recordando viejas proezas de veinteañero. No es que Kaká esté mayor, es que si aún le queda algún sueño por cumplir, este tiene más que ver con alargar su carrera en declive que con objetivos meramente futbolísticos.

18 de junio de 2012

Mientras tanto, mamá y papá

Siempre he tenido la impresión de que Eurocopas y Mundiales de fútbol son vistos desde el punto de vista de los clubes grandes, los que prestan el grueso de sus plantillas a este tipo de torneos, como los campamentos a los que los padres mandan a sus hijos para que pasen unas semanas durante el verano, y no se aburran en casa.

Imaginemos por un momento que esto es así, que las estrellas rutilantes se marchan de campamentos cada verano, con diversos destinos. Unos se van a jugar la Eurocopa, otros el Mundial, la Copa América, la Copa Confederaciones o, incluso, los Juegos Olímpicos. Cada uno elige, o se tiene que conformar con un destino. Sus padres deben ser consentidores de estos viajes, que en realidad sirven para que sus hijos se curtan lejos de las faldas de sus madres, mucho más consentidoras que los padres.

Igual que los niños en verano, según cómo te hayas portado durante el curso, irás a unos campamentos llenos de diversión y actividades, con un río donde bañarte, rodeado de los niños de tu barrio; o irás a un campamento perdido en el bosque, donde la mayor diversión es la de montar y desmontar la tienda de campaña cada vez que debes emprender una marcha para ver cualquier otra zona forestal exactamente igual que la primera. Así parecen ser las convocatorias para las grandes citas, como lo fue para el pequeño Adrián, quien creía que iba a ir a ese campamento divertido y lleno de diversión que era la Eurocopa, donde se juntaría con los niños mayores, pero se tendrá que conformar con el campamento del bosque. Y eso que él puede salir de casa, algo de lo que no presumirá Soldado.


Pero mientras los niños están fuera, la casa sigue ocupada, por los mayores. Mamá y papá. Mamá, como ya hemos dicho, suele ser más permisible con los niños que tanto quiere, y los esperará a la vuelta con los brazos abiertos y, quizá, con un buen trato de cara al curso que viene. El presidente es como "mamá", con la paga generosa y la promesa del coche y el reloj nuevos al final de curso si sacan buenas notas. Si las notas son excelentes, no escatimará en gastos para que sus chicos sean felices. Así es mamá.

Papá es mucho más duro. Papá entrenador mira con recelo cómo los niños se marchan al campamento, siempre preocupado de si estos se van a hacer daño, y no vuelvan sanos del todo. Porque papá se esfuerza durante dos meses en preparar un buen plan vacacional para toda la familia una vez que los niños han vuelto. Una gira asiática por aquí, otra gira americana por allá, amistosos, baños de masas y, por supuesto, muchas carreras y vuelta al régimen. Mamá está contenta porque papá mantiene a los niños a raya. Así funciona la teoría del palo y la zanahoria.

A veces los papeles se invierten, y mamá se enfada porque los niños salen mucho. No acepta que se vayan haciendo mayores, y le duele especialmente que alguno quiera la emancipación temprana. Papá aprovecha la tesitura para comprar una tele nueva, o quizá engañar a mamá para tener un hermanito nuevo. Es una relación extraña, porque ese matrimonio entre mamá presidente y papá entrenador no es un matrimonio de amor, sino de interés, unido por la causa común social y económica, que se puede romper el día menos pensado. Por eso hay tantos divorcios.

Mientras los niños están fuera, cada situación se vivirá en cada casa de diferente modo. En algunas, el matrimonio funciona perfectamente, con unos niños aplicados que han sacado buenas notas, un padre trabajador intachable, y una madre orgullosa de su núcleo familiar. En otras, mamá le ha puesto las maletas en la calle a papá (o él ha decidido marcharse, aunque esto rara vez pasa), y se ha vuelto a enamorar de otro hombre, quien ha llegado a casa, y ahora está cambiando los muebles de sitio. Y en otras diferentes, aunque mamá y papá siguen viviendo juntos y se llevan, pero ni bien, ni mal.

Me imagino cómo sería el primer tipo de familia:

Mamá Florentino prepara una cafetera bien grande para papá Mourinho y para los tíos Pardeza y José Ángel (Sánchez). Mamá deja a los hombres que cada uno haga el calendario del curso que viene como vean. Si los chicos han flojeado en matemáticas, habrá que aumentar el número de horas ahí, aunque ello implique borrarlos de la escuela de música. Los chicos no han sabido defender, así que habrá que apuntalar bien la zaga, para que no se vuelva a repetir ese escalabro. Quizá hace falta un poco más de juego, y a todos se les van los ojos a esas clases extra de apoyo que ofrece un tal David Silva.

En esas, vuelve mamá Florentino con la cartilla del banco y consulta a los hombres sobre cómo van en su organización, y estos le muestran lo que quieren y lo que no quieren para los chicos. Mamá mirará con el ceño fruncido las cuentas y hará cambiar a papá de opinión, aunque ello le haga tener que aguantar una bronca. Pero mamá sigue siendo permisiva, y si no hay presupuesto familiar, no se puede apuntar al chico a clases de artes marciales.

La segunda familia sería algo así:

Mamá Rosell ha visto cómo su amado Guardiola se ha marchado, dejándola compuesta, pero con novio. El cuñado Vilanova, otrora el "tito" Vilanova", es ahora papá Vilanova, y los desayunos ya no serán tan agradables como lo fueron el año pasado en estas fechas. Mamá Rosell no preparará una cafetera, sino que se sentará directamente con papá Rosell, con las matrículas del año pasado, los folletos de las diferentes academias y profesores particulares de este, y con la asignación para el tabaco de papá Vilanova aún por resolver.

Junto al matrimonio, que debe aprender a quererse, o fracasará, está el tío Zubizarreta, quien hará las veces de mediador entre un padre que tiene sus propias ideas, y una madre que mira de reojo unas cuentas que no están tan saneadas como querría. En casa hay pequeños problemas, como ese díscolo de Dani Alves que hoy dice que se va, y mañana que se queda. También hay mucha irregularidad en el reparto de tareas de casa: hay poca gente encargada de defender. Pero mamá Rosell sabe que los problemas hay que atajarlos lo antes posible, y por eso ha mandado llamar a Jordi Alba como primer refuerzo.

El tercer tipo de familia es el más habitual en el fútbol. Ahora, incluso, menos que antes, cuando cuesta más que un entrenador abandone un club cuando aún tiene contrato en vigor, porque la economía no está para pagar rescisiones y finiquitos. Pero aun así, ganadores hay pocos, y perdedores muchos. Pocos son los que, sin ganar nada, creen que deben seguir con su matrimonio. Algunos, con una fina tensión (Del Nido-Míchel) y otros a pesar de la crisis (Serra Ferrer-Caparrós, donde sí ha habido flechazo).

Mientras tanto, todos los vecinos van a estar preguntando día sí y día también qué hacen los niños en el campamento. Todos sabremos si se portan bien o mal, incluso seguiremos discutiendo si deberían haber ido o no. A veces, ese niño consentido por los monitores, como el "Niño" Torres, descubre que no se le ha olvidado su oficio de marcar goles, y lo que no ha hecho durante el curso lo recupera en junio, como ese perezoso universitario que solo cuando le ve las orejas al lobo se encierra en la biblioteca dispuesto a salvar la temporada. Otras veces, el trabajador, el que realmente ha hecho su trabajo, se tiene que aburrir en el pueblo de los abuelos, como el ya nombrado Soldado. Pero eso no quita que los campamentos dejen de ser divertidos, ni mucho menos.

Esperemos que las vacaciones se den bien, y que mamá y papá trabajen mucho y bien, porque este año se vuelve al trabajo mucho antes que otras veces, y a mediados de agosto hay que estar metidos de lleno en la Liga. Sí, es un poco anticlímax pero... es lo que toca.

12 de junio de 2012

Sí hay dos sin tres

Reformulo el eslogan que utiliza la empresa que ha comprado los derechos televisivos de la Eurocopa para hacer un poco de memoria. "No hay dos sin tres", se nos repite a los telespectadores cada pocos minutos en el grupo de cadenas de televisión que pertenecen a Mediaset. Es una frase que está en la boca de los locutores, presentadores de telenoticias, y en todos los anuncios en los que aparezca cualquier jugador de la Selección Nacional Española.

El "no hay dos sin tres" hace referencia a ese doblete que ha logrado España en los últimos cuatro años: se hizo con la Eurocopa en 2008, y en 2010 levantó la Copa del Mundo. Se supone que ahora el ciclo vuelve a comenzar, y es hora de afrontar de nuevo un Campeonato Europeo en el que España ya no dará la sorpresa, sino que es el enemigo a batir. "No hay dos sin tres", es un refrán antiquísimo, que hace referencia a la cábala, es una especie de bendición (o maldición) a la que aferrarse. Si ocurrió por segunda vez, la tercera debe estar al llegar. Este es el momento de "La Roja", o eso suponemos todos.

Hasta tal punto ha llegado esta obsesión por el "no hay dos sin tres", que forma parte del estribillo de la canción oficial del evento futbolístico. Atrás quedó la gracieta del "Opá, vamo' a por el Mundial", protagonizada por un divertido rockero que supo ponerse en manos de astutos creativos para que una canción con una base rockera simple, una letra rural y una buena campaña de publicidad, lo aupasen a llevarse el reconocimiento de canción del verano. Eso fue en el Mundial de 2006, donde un supuesto jubilado de origen argelino y sus aliados galos se cruzarían en el camino de una España comandada por el aguerrido Luis Aragonés, el sabio que aún no había revolucionado nuestro fútbol nacional. Aquel Campeonato Mundial lo acabó ganando Italia con su catenaccio. Fue el germen del odio al "fútbol del cerrojazo" o la "táctica del cagarro", porque todos entendían que España debería haber ocupado el lugar de Francia en aquella final, y la Copa del Mundo acabó partiendo para Roma.

En 2012, el mantra del "no hay dos sin tres" le ha sido encargado a uno de los ídolos de las masas juveniles de España. Ya no vende el gordito gracioso, el paleto que a todo el mundo le cae bien, y a quien hay que admirar, porque hace unas décadas la imagen de nuestro país era el labriego, el torero y la sevillana. Ahora vende la cara reconocible. De los sobacos sudados de Camacho a la elegancia de las fotos en blanco y negro de Xabi Alonso en los carteles publicitarios que visten las paradas de autobuses de las grandes ciudades. Ya no vende la garra, porque ya no somos "La Furia", ahora vende la elegancia, porque ahora somos "La Roja". Un pequeño cambio de denominación, un lavado de imagen, un estilo de juego definido, y parece que somos otro país. Crisis aparcada, por supuesto.

La Selección juega la Eurocopa, y en los televisores de toda España suena el tema de David Bisbal. Si el criterio musical fuera decisivo para la clasificación de un país a las competiciones deportivas, España habría quedado eliminada solo con mostrar los primeros acordes. No fue suficiente con robarle a Italia uno de sus cánticos de "siamo campioni del mondo" (con el ritmo de Seven Nation Army, de The White Stripes), sino que ahora tenemos que aguantar la tortura de los poperos y las compañías discográficas.

Cualquier oído desacostumbrado al pachangueo, a esa cansina y repetitiva música repleta de estribillos supuestamente pegadizos que se repite año tras año en las terrazas de verano y en las emisoras de radio que promocionan a los artistas cuyas discográficas pagan por esa repetición; cualquiera que sea capaz de evadirse del soniquete fácil y de los falsetes de los "guapos" de turno. Cualquiera que cumpla esos requisitos, pensaría que una eliminación de España no sería tan mala, si así nos libramos de la canción de Bisbal.

Aunque, ojo, que es un arma de doble filo, porque las televisiones ya montan sus anuncios con otra frase la mar de ocurrente: "sube la mano y grita gol". Está de más decir que si España cae eliminada, será ese el verso que se alce con el protagonismo sustituyendo al dicho popular.


Y digo que sí que hay dos sin tres, porque el auténtico trébol del fútbol de selecciones solamente lo ha logrado Francia. Ese incómodo vecino que siempre nos ha mirado por encima del hombro, que supo exprimir al máximo la mejor generación de futbolistas de su historia hasta tal punto de colarse en una final de un Mundial. El trébol lo comenzaron en el año 1998, ganando el Mundial donde ejercían de anfitriones; en 2000 se llevaron la Eurocopa; y en 2001 acabarían alzándose con la Copa Confederaciones (victoria que repitieron también en el año 2003).

España empezó el ciclo de forma distinta a Francia. Comenzó en el año 2008 cuando Fernando Torres se plantaba delante de Lehmann y lo batía para volver a situar a la Selección Española dentro del mapa de fútbol de Selecciones. Aquí es donde creativos, publicistas, medios y periodistas tienen un pequeño ataque de amnesia. El año 2009 no existió para ellos. Parece que tampoco para los futbolistas que se ponían por primera vez a las órdenes de Vicente Del Bosque en una competición importante. España viajó a Sudáfrica exactamente un año antes de que lo hiciera para proclamarse campeona del mundo, pero esta vez, lo haría para sembrar la semilla de la duda en torno a "la nueva etapa".
Selección Española de la Copa Confederaciones de 2009 en Sudáfrica.
Si hay una moda, a mi parecer prescindible y un poco tonta, es la de sacar estadísticas de cada uno de los detalles que hay en torno al fútbol. Pases acertados; pases acertadoscon el pie izquierdo; pases acertados con el interior del pie izquierdo; pases acertados con el interior del pie izquierdo desde la línea de tres cuartos de campo para atrás... y así consecutivamente. Dentro de esta estadística tan detallada, debería reflejar ese triplete roto, al menos hasta el momento, donde España perdió en la semifinal de la Copa Confederaciones contra Estados Unidos. Del Bosque intentó impregnar a una Selección que funcionaba como una maquinaria bien engrasada de un toque personal. Y fracasó. Por eso, dio un paso atrás y aceptó el toque de los pequeños, pese a sus reticencias. Eso sí, mantuvo el tan criticado (y luego acallado, ejemplo claro del ventajismo entre el gremio de opinadores futbolísticos) doble pivote.

Sí, en 2010, se ganó el Mundial. El primero de la historia, la segunda competición importante en tres años, pero la tercera que se jugaba. Fue el dos sin el tres. Ahora se juega la cuarta. Podría ser la tercera, pero entre medias hubo un gran escalabro perdiendo una semifinal contra un equipo contra el que no se contemplaba una derrota.

Ya veremos si hay tres, o sigue habiendo dos. Si se gana, todos volverán a recordar la existencia de la Copa Confederaciones en 2013, pero si se pierde, será el consuelo de los derrotados, seguramente, ante un estilo impopular. Porque todo lo que no es nuestro, ya es impopular.

1 de junio de 2012

La lista y la tonta

Y dio el marqués la famosa lista, y vio que era buena. Lo vio él, y lo vieron los más acérrimos defensores del seleccionador nacionald español, porque la mayoría no lo hemos visto.


En todos los grupos de amigos, los roles están bien repartidos: el guapo, el raro, el fortachón, el simpático, el listo y el tonto. La lista, la famosa lista, esa chica que se sienta en las primeras filas de la clase, que apenas ha cambiado su look desde el primer curso y que, en un alarde de falsa modestia, da un segundo de cuartel antes de lanzarse a responder cualquier pregunta que lance el profesor a su alumnado. La dichosa lista, para la que más de treinta jugadores se han postulado, pero en la que solo podían entrar 23.

Cuatro años han pasado por la lista, y solo tropezó una vez, justo después de la matrícula de honor que sacó en primero, en segundo le quedó una en diciembre (aquella olvidada Copa Confederaciones de 2009 donde la derrota antes Estados Unidos costó tan cara como para borrar una experiencia internacional de La Roja de la memoria de prensa y aficionados). La lista ha tenido notazas, y otra vez volvía a saltar a la primera línea de atención cuando el señor afable con bigote, bendecido con halo de candidez y simpatía, ese hombre que lleva encargándose de ella desde casi cuatro años, se sentaba delante de los medios y anunciaba quiénes estarían con ella y, sobre todo, quiénes no.

Veintitrés. Número primo, dorsal que lleva el tercer portero, Pepe Reina, un emigrante al fútbol inglés que no pasa por su mejor momento pero de quien se hablan maravillas de sus ocurrencias dentro del vestuario. Veintitrés eran los elegidos, y Del Bosque solo nos reservó una sorpresa hasta el final: el puesto en la zaga que bailaba entre un tocado Iraola y un extremo reconvertido a lateral en su estancia a orillas del Manzanares, Juanfran.

No fue sorpresa, al menos para quien mantuvo los ojos abiertos, que el máximo goleador nacional, Roberto Soldado, fuera a ver la Eurocopa desde del salón de su casa (o desde el estudio de alguna radio, o desde el de alguan televisión, porque ya se habrán lanzado los directores de unas y otras para lograr los comentarios del artillero ché). Álvaro Negredo es del gusto de Del Bosque, y el seleccionador bien que se encargó de recordarlo cuando tuvo que dejarlo fuera del Mundial de Sudáfrica en 2010, pero eso no ocurriría en esta ocasión. Lista -previa, como los parciales- de 21 hombres, y ahí ya figuraba el delantero centro del Sevilla, el madrileño Negredo, que se formó en las categorías inferiores del Rayo Vallecano, pero saltó a la fama jugando en el Castilla merengue.


Junto a la lista, tenemos a la tonta. Esa chica cabizbaja, sabedora de que juega un papel secundario en clase, y que solo tiene opción de exhibirse en otro ámbitos. La tonta es la primera en saltar a bailar a la pista, la más abierta a la comunicación. La tonta no tiene mucho que perder o, al menos, como es tonta, no lo sabe, por eso muestra sus cartas, que a veces son muy buenas y otras, pues no tanto.

La lista la componen los Casillas, Ramos, Xabi, Navas, Mata o Torres, los que saben que estos amistosos deben guardar fuerzas, procurar no arriesgar el físico en choques y no provocar al contrario para que este les haga perder la oportunidad de hacer historia con su país. La tonta tiene a Soldado, Beñat, Monreal, Javi García o Adrián, es decir, los que no estarán en los exámenes finales, que se deben conformar con los partidillos que les da Del Bosque para cubrir las bajas de los jugadores que disputaron la final de Copa (el grueso de la Selección). La tonta sale siempre a bailar, y lo da todo.

El que más ha brillado ha sido Beñat Etxebarria, un vasco que juega en el Betis, centrocampista puro y duro, aguerrido pero con toque, que se sabe adaptar al estilo de juego de La Roja como el que más. Beñat está en forma, su estilo concuerda con el establecido en el equipo campeón del mundo, pero la lista de Vicente es más superficial que la lista de Luis.


El Mundial -la consecución de este, más bien- ha llevado a Del Bosque a confiar ciegamente en el núcleo de jugadores que lo hicieron campeón. En un sorprendente desmarque de humildad (como el que no se le esperaría a otros compañeros de profesión), Villa se ha quitado de en medio, y ha dejado vía libre a la convocatoria de su compañero Pedro. El canario fue campeón del mundo, pero ha hecho una temporada pobre. Como ha sido también muy pobre el fin de año de Cesc, quien se vería desplazado por la convocatoria del inexperimentado Beñat. Tampoco ha sido brillante la de Fernando Torres, ni la de Arbeloa, por poner otros ejemplos.

El Sabio dijo que apartó los egos de su equipo para hacer la Selección campeona de Europa en 2008. Llevó a alguno que no era el más guapo de la clase, pero que sabría aceptar su rol de actor de reparto. Recordemos que en 2008 estuvieron jugadores como Fernando Navarro (Mallorca), Rubén De la Red (Getafe) o Sergio García (Zaragoza). Estaban más en forma que otros nombres con mayor relumbrón, y cumplieron su papel de suplentes. Porque de veintitrés, una Eurocopa la pueden ganar dieciséis. Luis Aragonés lo vio, pero Del Bosque a lo mejor no.

Vicente Del Bosque se ha quedado con la guapa, que no sabemos si será la auténtica lista, la que poco ha variado su aspecto en los últimos cuatro años, y se ha dejado a la menos guapa en casa, que presumimos que es la tonta, pero no lo aseveramos. Si acierta, será vanagloriado. Pero si fallas, querido marqués, ve sacando ese cuaderno de excusas que le dan a todos los entrenadores cuando acaban su cursillo, porque te va a hacer falta.
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